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Sin energía nuclear no hay futuro

Firma invitada por Firma invitada
26/10/25
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El modelo energético de España apuesta por la clausura nuclear con graves consecuencias: más emisiones, energía más cara, sin soberanía energética, riesgo de apagones, vulnerabilidad del país frente a posibles crisis internacionales, menos competitividad, desconexión con el futuro inteligente, más incertidumbre y menos bienestar

Por Urbano Rubio Arconada


Panorámica aérea de la Central Nuclear de Almaraz. / CNA

La Central Nuclear de Almaraz está a punto de cerrar: el 1 de noviembre para comunicar la parada definitiva y marzo de 2026, cuando la decisión de desmantelamiento será prácticamente irreversible. Si la decisión de prorrogar la vida útil no se toma antes, el apagón de Almaraz será inevitable. Esta central genera cerca del 7 % de la demanda anual de electricidad, suficiente para abastecer a unos 4 millones de hogares. Su cierre producirá una lenta agonía de los trabajadores de Almaraz y de toda la zona afectada. Su desenlace tendrá impacto en la política energética nacional, en la estabilidad de la red eléctrica y en la posición de España frente al resurgimiento global de la energía nuclear. En medio de tensiones políticas, fiscales y técnicas, el país se prepara para una decisión que marcará su mapa energético durante la próxima década.

Al cierre de Almaraz le seguirán los cierres de Central Nuclear de Ascó I y Central Nuclear de Cofrentes en 2030, Central Nuclear de Ascó II en 2032 y, finalmente, Central Nuclear de Vandellós II y Central Nuclear de Trillo en 2035. El sistema eléctrico español se enfrenta a un problemón sin precedentes tras la decisión del Gobierno de cerrar progresivamente todas las centrales nucleares antes del 2035, cuando su vida útil estaría en el entorno de 2060. Esta situación está causando pánico al sector empresarial y a otros sectores claves de la economía española. Las centrales nucleares han sido un pilar fundamental del sistema eléctrico español desde su despliegue en las décadas de 1970 y 1980. Actualmente, representa alrededor del 20% de la generación eléctrica nacional, proporcionando una energía limpia y predecible y a un coste competitivo entre 45 y 55 E/MWh. Por ejemplo, durante los picos recientes los ciclos combinados de quema de gas han alcanzado costes superiores a los 200 €/MWh, cuatro veces el coste de la generación nuclear.

De producirse la clausura de las plantas nucleares, sería entonces España el único país del mundo con capacidad nuclear que ha puesto fecha a su caducidad. Mientras toda Europa reafirma una rotunda apuesta por la energía nuclear, en España da muestras de querer erradicarla cuanto antes. Así se entiende el aumento al 57% en la tasa que ya pagan las centrales nucleares españolas para financiar el desmantelamiento de sus propios recursos. En 2019, las centrales nucleares españolas asumían una carga fiscal de 999 millones de euros anuales, mientras la carga fiscal escala hasta los 1.600 millones de euros en 2025.  Un plan ideado para acelerar su cierre de forma anticipada.

Esto conllevará más subida de impuestos, para, por un lado, gestionar el cierre de las mismas (22.600 millones de euros), y por otro, para financiar las energías alternativas altamente subvencionadas y de producción inconstante. El efecto vendrá con un aumento de los costes directos e indirectos, que tendrán que ser soportados por las empresas y finalmente por los consumidores españoles. El principal “think tank” energético, concluye que el cierre anticipado de las centrales nucleares, comparado con un escenario alternativo de cierre al término de su vida útil técnica similar al de otros países, provocaría en España tantos gases de efecto invernadero como genera nuestro país en tres años de emisiones medias. Las centrales nucleares aportan robustez al sistema eléctrico español, por ser una tecnología libre de emisiones de efecto invernadero, contribuye, muy positivamente, al coste competitivo del mercado eléctrico y a garantizar una fuente de energía fiable e independiente de las condiciones meteorológicas. Además, este cierre anticipado conducirá a una fuerte caída del margen de reserva, situándolo por debajo de niveles aceptables para un suministro seguro que hará necesario recurrir, inevitablemente, a combustibles fósiles como energía de estabilidad, es decir, quemar más gas. La feroz apuesta por las energías renovables ha permitido que los recibos hayan pasado de 50 euros al mes a sobrepasar los 200 euros una década después. Pero, además de caro, apostar por un horizonte absolutamente renovable es temerario, pues damos vía libre a los apagones: “con 100% renovable sin capacidad de almacenamiento estás muerto”. Europa, consciente del problema, ha girado hacia la racionalidad y lo nuclear es considerado ahora “energía verde” y segura. Francia, centro geográfico de Europa, incrementa en 14 los 58 reactores de uranio actuales, una apuesta que les permite una factura de la luz la mitad que la española, con una estrategia clara para convertirse en la fábrica energética del continente, exportando energía hacia el norte y hacia el sur. En el mundo existen 30 países que acumulan 442 reactores en operación, 178 se encuentran en Europa.

El mundo entero reacciona con la reapertura de viejas plantas nucleares o la construcción de minicentrales SMR para atender la demanda de los Centros de Datos de la Inteligencia Artificial. Mientras, el modelo energético de España apuesta por la clausura nuclear con graves consecuencias: más emisiones, energía más cara, sin soberanía energética, riesgo de apagones, vulnerabilidad del país frente a posibles crisis internacionales, menos competitividad, desconexión con el futuro inteligente, más incertidumbre y menos bienestar. Sin energía nuclear no hay futuro para la Inteligencia Artificial, y sin IA y sin energía nuclear no hay futuro alguno.

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