Nacho Vegas firma el último concierto (programado) en La Salvaje, que este sábado cierra sus puertas haciendo lo que siempre ha hecho: poner la música en el centro de todo lo importante

No fue la mejor despedida. Esa habría sido la que no existiera, la que habría permitido a La Salvaje continuar haciendo lo que mejor sabe y lleva una década haciendo: programar algunos de los mejores grupos de la escena nacional. Pero si no fue la mejor, sí fue la única posible: una hecha por los de casa y para los de casa.
Nacho Vegas puso este viernes el (casi) punto final a una sala de conciertos que, desde la calle Martínez Vigil, logró en sus diez años de recorrido hacerse un hueco entre las más respetadas de toda la península. El de Gijón subió al escenario tras la actuación de Tania Pereira, poco después de las diez y media, y permaneció en él durante algo más de 90 minutos. Tiempo suficiente para que el público pidiera «otres tres» con esa misma emoción que siempre respiró El Refugio.
Hubo tiempo para todo, de los reencuentros de parroquianos a los abrazos aderezados con cerveza, y los cánticos a pleno pulmón. Nadie quedó sin gritar aquello de que “si nun hai vinu, cantares y amor, esta nun ye la mío revolución”. Nadie tampoco, Vegas incluido, quedó sin empaparse en sudor en una sala que cerró su último concierto agotando entradas en apenas diez minutos.
Punto y final para La Salvaje, ese sueño compartido por cuatro amigos –David Cuerdo, Marcos Flórez, Jandro Ramos y Ángela Fernández– que este sábado cierra sus puertas para siempre haciendo lo que siempre ha hecho: poner la música en el centro de todo lo importante.
Adiós y gracias, salvajes.