«Se deshumaniza a Maricarmen, la anciana desahuciada por un fondo buitre en Madrid hace pocos días con la colaboración necesaria de un Estado que aquí falla estrepitosamente. «¡Que hubiera ahorrado!», aúllan algunos. «¡Se pensaba que podía pagar 500 euros de renta en esa zona!», gritan otras»

Se deshumaniza a las criaturas sin madre, se las despersonaliza si nos referimos a ellas como «menas», la sigla de la expresión «menores extranjeros no acompañados», convertida en sustantivo común. Se les despoja de todo atributo individual, se les convierte en masa amorfa y se olvida la vulnerabilidad extrema que sufren, imagínense, en particular, en el caso de las niñas.
Se deshumaniza a Maricarmen, la anciana desahuciada por un fondo buitre en Madrid hace pocos días con la colaboración necesaria de un Estado que aquí falla estrepitosamente. «¡Que hubiera ahorrado!», aúllan algunos. «¡Se pensaba que podía pagar 500 euros de renta en esa zona!», gritan otras.
Algunos y otras simplifican, se refugian en la mentira de la meritocracia, creen vivir en el País de las Personas Salvadas, mientras una anciana en silla de ruedas tiene que abandonar su hogar desde hace más de setenta años, donde vivió con su padre y con su madre, donde su padre y su madre fallecieron.
Su hogar, su barrio, su mundo de toda una vida, sus coordenadas, sus referencias espaciales, su paisaje. Seguro que ustedes estuvieron o están cerca de alguna persona anciana y que saben qué marasmo mental puede provocar si deja su hogar por la circunstancia que sea. Imagínense en esta circunstancia concreta del desahucio, con la policía haciendo que se ejecute.
Se trata con crueldad extrema a las criaturas sin madre cuando se las equipara con delincuentes, cuando se afirma que para sentarse a su lado en un aula hay que armarse con gas pimienta. Se deshumaniza a estas niñas, a estos jóvenes cuando se difunde el mensaje de que generan inseguridad en nuestros barrios, en nuestros pueblos si alguno de los recursos de acogida y protección tutelados por la Administración se instala en nuestro vecindario.
Se despoja de humanidad, cuando se extiende la idea de que algo habrán hecho, a los activistas de AMA Asturies Rubén Rosón y Jorge Fernández tras recibir una paliza por unos jóvenes al grito de «¡maricones!», «¡rojos de mierda!», jóvenes que previamente arrancaron una bandera arcoíris. En el peor de los casos, algo habrán hecho previamente Rubén y Jorge; en el mejor, por qué no intentaron, con mano izquierda, dialogar con esos violentos interlocutores.
Me deshumanizan a mí, como a tantas mujeres que hacemos política, insultándome y amenazándome en las redes sociales con mensajes que se burlan de mi físico, «puta gorda», de mi manera de vestir, de mi maquillaje. Por supuesto, de mi edad. Y con todo esto amalgamado se llega al paroxismo de los mensajes con contenido sexual vejatorio: de frígida, malfo…, de qué hombre blanco va a querer tener relaciones sexuales conmigo se llega al ruego de que ojalá me viole un moro.
Disculpen el egocéntrico ejemplo, pero me sirve para llegar adonde pretendo: frente a la deshumanización, rehumanización.
Hay personas que se sorprenden de que yo reciba mensajes con ese contenido, que me conocen, que me tratan, que son amigas, que me quieren. Pues esto debe saberse porque ayuda a reflexionar, a través de la experiencia de una persona conocida, acerca de la terrible deshumanización que provoca el insulto cruel y anónimo en las redes sociales.
Frente a la deshumanización, como digo, rehumanización.
Como herramientas políticas, además del resto de las imprescindibles para alcanzar la igualdad y la justicia social, trabajemos con la bondad, con la compasión, con la empatía, con la ausencia de cinismo, con la capacidad de conmovernos, con el amor.
Me llamarán peyorativamente «buenista», «ingenua», «inocente». Me dirán, «pero de dónde salió esta boba». Pero me da igual: no me avergüenzo, no me humillan. Creo firmemente en que cualquier acción política en la que esté concernido el ser humano, sobre todo, el ser humano que sufre, el ser humano vulnerable, el ser humano oprimido, el ser humano abandonado, el ser humano solo, tiene que ir acompañada por una mirada compasiva, empática, por una mirada bondadosa. Y que esta mirada no se nuble por el complejo de que nos vean como personas con presupuestos políticos débiles. Que los discursos individualistas e insolidarios, que los discursos despiadados no nos contagien de su cinismo.
Tenemos que conmovernos personal, pero también políticamente ante cualquier niña que vive a la intemperie en Ceuta, ante cualquier anciana desahuciada, ante cualquier chaval que habita una infravivienda abandonada. Tenemos que reivindicar políticas de justicia social y de redistribución de la riqueza para afrontar este dolor, pero siempre hibridándolas con la mirada del amor, de la bondad.
Tenemos que repeler los discursos que culpan a las víctimas, tenemos que huir de los ataques deshumanizadores y cobardes que se vomitan en las redes sociales.
Tenemos que comprometernos con pensamiento racional y transformador con el ser humano, con todo su dolor, con todo su sufrimiento, pero también con esa parte del cerebro, del corazón y de los intestinos que nos hace amar. Que nos convierte en personas mejores.