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Santa Bárbara: firmeza sin ruido, historia sin olvido

Firma invitada por Firma invitada
17/05/25
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Hay historias que algunos prefieren no contar. Una de ellas es la de la Santa Bárbara pública, la de los noventa. Infraestructura anticuada, pérdidas crónicas, falta de horizonte. Una empresa estatal incapaz de competir en los nuevos escenarios globales. Aquello no era soberanía: era estancamiento




Crónica de una respuesta industrial que esquiva la obediencia y reclama respeto.

I. El valor de responder con la cabeza alta

Cuando se habla de industria de defensa, conviene evitar los titulares fáciles. No todo se resume en compras, fusiones o absorciones. A veces, lo decisivo está en cómo se responde. Y Santa Bárbara Sistemas lo ha hecho con una mezcla difícil de encontrar: serenidad y autoridad.

La empresa recibió hace poco una propuesta poco ortodoxa. Indra, envalentonada por su creciente papel en el sector y respaldada por apoyos más políticos que industriales, intentó avanzar una operación de absorción. No hubo negociación previa ni aproximación respetuosa. Fue un movimiento directo, interpretado por muchos como una tentativa de control más que de integración.

La reacción de Santa Bárbara no fue escandalosa. No salió a desmentir ni a atacar. Hizo algo más útil: ofreció una alternativa. Una colaboración. Una plataforma conjunta, con sede en Asturias, orientada a reforzar la industria tecnológica militar con vistas a la OTAN y a la Unión Europea. No un rechazo visceral, sino una reformulación estratégica. Es decir, no convirtió la amenaza en un conflicto, sino en una oportunidad.

Y eso dice mucho de quién se siente sólido. De quien sabe lo que ha construido y no necesita imponerse, solo mantenerse fiel a lo que representa.

II. De empresa moribunda a actor europeo

Hay historias que algunos prefieren no contar. Una de ellas es la de la Santa Bárbara pública, la de los noventa. Infraestructura anticuada, pérdidas crónicas, falta de horizonte. Una empresa estatal incapaz de competir en los nuevos escenarios globales. Aquello no era soberanía: era estancamiento.

Entonces llegó la decisión que muchos criticaron, pero que cambió el rumbo. El Gobierno de José María Aznar impulsó una privatización ordenada. Hubo concurso. Hubo condiciones. Y ganó quien más ofreció: General Dynamics. Tecnología, inversión, mantenimiento de plantilla. Nada de especulación, sí a la industrialización.

Los resultados están ahí. Fábricas como la de Trubia que recuperaron su pulso. Contratos como el del Leopard 2E. Y más allá: integración en un grupo europeo de defensa que hoy exporta vehículos y conocimientos a países tan exigentes como el Reino Unido. Lo que se desmanteló no fue una empresa pública. Lo que se construyó fue una empresa viable.

Recordarlo no es nostalgia. Es higiene histórica. Porque cuando el relato dominante reduce todo a trincheras ideológicas —lo público es virtuoso, lo privado es sospechoso—, conviene volver a los hechos.

III. Fortalecer no es subordinar

En Bruselas y en Madrid se repite que Europa necesita una defensa más cohesionada. Que los países deben colaborar más, coordinar mejor y dejar de depender de terceros. Es un diagnóstico compartido. El problema es cómo se quiere aplicar en España.

La idea de crear un “campeón nacional” puede sonar bien en una nota de prensa. Pero detrás hay algo menos noble: la tentación de concentrar poder económico en manos que no siempre rinden cuentas. No es industria. Es política.

El ejemplo más reciente lo ofrece Indra. No solo por sus movimientos empresariales, sino por decisiones como la contratación de Carmen Pérez, antigua voz de Moncloa, ahora directora de comunicación. Señales claras de que el control narrativo va de la mano del control estratégico. La defensa como escenario de consolidación de un poder paralelo, sin oposición, sin preguntas.

Santa Bárbara, en cambio, sugiere otro camino. No pide privilegios. No reclama ser intocable. Pero sí defiende su lugar. Y lo hace proponiendo cooperación en lugar de absorción, colaboración en lugar de obediencia. Una defensa compartida, no instrumentalizada.

Santa Bárbara no ha cambiado de manos. Ni de principios. Ha demostrado que se puede ser firme sin gritar, relevante sin hacer teatro. Y ha recordado que, incluso en el acero, hay formas de expresar dignidad.

Quizá por eso, en estos tiempos de relatos inflados y estructuras frágiles, una respuesta tan sobria pesa más que cualquier discurso.

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