Con su inseparable bombo rojo y medio siglo de oficio, Guillermo Pelayo seguirá repartiendo sonrisas y barquillos en el Parque San Francisco hasta, mínimo, 2029

Con su inseparable bombo rojo de más de 40 kilos, Guillermo Pelayo lleva medio siglo repartiendo barquillos por plazas y fiestas de Asturias. A sus 64 años es el último barquillero de la región y volverá a ser uno de los rostros más queridos de las fiestas de San Mateo que arrancan en menos de dos semanas. El pasado año fue su primera participación en las celebraciones carbayonas, y ahora, recién publicado el pliego que lo autoriza para los próximos cuatro años como el único barquillero de la ciudad —fue también el único en presentarse— repetirá unas fiestas especiales, en las que ya le acompañó uno de los benjamines de la familia, su nieto.
“Estoy bien, no tengo ningún problema. Voy a seguir trabajando porque es lo que me gusta y es mi vida”, asegura, convencido de que la jubilación aún no está en sus planes. Y eso que la vida de autónomo, reconoce, no es fácil: “Los autónomos no tenemos ni fiestas ni nada. Todos los días hay que trabajar, porque todos los días hay que meter algo en casa”. Por eso, cuenta, siempre aconsejó a sus hijos “huir” de esa vida. Hoy está contento: ambos son profesores y se preparan para entrar en la administración. Ello implica, sin embargo, que el legado familiar (su padre y abuelos ya fueron barquilleros) terminará con él.
La llamada de Canteli y la vuelta a San Mateo
El pasado año fue el alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, fue quien lo llamó personalmente para que estuviera en San Mateo. “Me prepararon los permisos enseguida y quedé encantado con el trato”, recuerda. Su regreso al Parque San Francisco, donde varias generaciones recuerdan a los barquilleros de antaño, no pudo ser mejor, pese al “descoloque” inicial de las familias al volver a ver la mítica figura del barquillero. El resultado: largas colas, niños girando la ruleta y decenas de fotos con el bombo de fondo. “Mi mujer se pasó más tiempo haciendo fotos con los móviles de la gente que ayudándome a vender”, cuenta Pelayo, que no abandona el buen humor pese a atender a este medio a eso de las 12:00 horas del mediodía, cuando recién acababa la primera de sus jornadas laborales: la elaboración artesanal de los barquillos que lo tiene ocupado desde la madrugada.
Porque los barquillos que reparte Pelayo los elabora él mismo en su obrador de Avilés, siguiendo la fórmula heredada de sus padres. “La receta es la misma de siempre, lo que me enseñaron mi padre y mi madre. Mezclamos varias harinas, trabajamos de madrugada y lo hacemos todo de forma artesanal”. Solo cambian las materias primas, hoy de mejor calidad que hace décadas: “Antes había que cribar la harina para quitar las impurezas, ahora viene mucho más limpia; haces con la harina lo que quieras”.
El bombo, sin embargo, sigue siendo el mismo: auténtico, pesado y simbólico. “Mi hijo me dice: ‘Papá, esa barriguita… si vinieras al gimnasio conmigo’. Pero, ¿cómo voy a ir al gimnasio si yo hago gimnasio todos los días?”. De la sauna del horno a primera hora a las largas jornadas vendiendo en playas o fiestas, Pelayo lleva medio siglo con el bombo a la espalda y acumula anécdotas de todo tipo. Una de las últimas tiene al ovetense Melendi como protagonista. Cuenta el artesano que probó sus barquillos en Carnaval gracias a un encargo familiar. “Me enteré después de que la chica que los recogió era su cuñada, y los dulces eran para él; su mujer y sus hijas quedaron encantadas. Ahora dice que quiere conocerme en persona”. Y es que Ramón Melendi, con sus 46 años, probablemente disfrutó de niño de los barquillos de antaño en el Parque San Francisco. Seguro, entonces, que el sabor de los de Pelayo le recordó a aquellos. Y es que “el barquillo deja un regusto en la boca que ya no se encuentra en nada. Hoy todo son grasas y galletas industriales. Lo nuestro es natural y se nota”, asegura este avilesino.
De momento, habrá dulces para todos, ya que rechaza abandonar el oficio: “Mientras el cuerpo aguante, seguiré al pie del cañón”, insiste, aunque reconoce que su mujer “protesta” porque apenas lo ve en casa. “Iremos un fin de semana a Galicia a ver a la familia, pero poco más; el lunes ya, de vuelta”.
Una figura protegida hasta 2029
El Ayuntamiento de Oviedo ha blindado la figura del barquillero como “puesto singular” dentro de la venta ambulante tradicional. Según las bases publicadas, Pelayo tiene autorización para seguir ofreciendo barquillos en la capital asturiana hasta mayo de 2029, garantizando la presencia de un oficio que ya forma parte del paisaje sentimental de las fiestas.
Así, mientras en el Parque San Francisco se prepara el bullicio de San Mateo, Pelayo ya afila la receta de siempre, dispuesto a repartir barquillos, sonrisas y recuerdos. Como él mismo dice: “Esto es lo que me gusta y es mi vida”.