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Los lobos, los ganaderos y la tangente ática

Pablo Batalla por Pablo Batalla
21/03/25
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Digan lo que digan los ganaderos, el monte no es más suyo que de sus odiados ecologistas, los excursionistas ilusionados con ver un lobo o los propios lobos

Se opine lo que se opine del asunto del lobo y su entrada o salida de la Lista de Especies Protegidas, hay algo que está conceptualmente mal en la defensa que los ganaderos y sus partidarios hacen del lupicidio. La idea según la cual las matanzas de lobos estarían justificadas por los perjuicios presuntos que estos provocan a la actividad ganadera significa considerar que la Administración tiene el deber supremo de garantizar beneficios a unos determinados empresarios. 

Los ganaderos lo son: tienen un negocio en el que, como es lógico, aspiran a gastar lo menos posible, y lo más posible ingresar. Y ocupan un espacio de todos —el monte— para desempeñarlo. Podemos transigir con ello como sociedad democrática regida por lo que Antoni Domènech llamaba «tangente ática», ese equilibrio entre el bien público y el privado que se atribuye a los áticos, a los atenienses del tiempo de Pericles haber sabido hallar. También respeta la ática tangente la concesión de ayudas y subvenciones, todo lo generosas que el interés general considere que haga falta (aunque quien sabe la ley sabe la trampa, y hay quien va a Portugal a comprar yeguas viejas para que el lobo se las coma, y cobrar la compensación). Pero hay un trecho grande, un salirse diez pueblos de la tangente de marras, entre todo eso y aceptar que el monte tenga que ser despejado a tiros de somatén de todo aquello que obstaculice la satisfacción total de ese ánimo de lucro.

Digan lo que digan los ganaderos, pretendan lo que pretendan, les enloquezca lo que les enloquezca que se lo digan, el monte no es más suyo que de sus odiados ecologistas, los excursionistas ilusionados con ver un lobo o los propios lobos. Es, sí, un espacio de todos, y hay que encontrar la manera de equilibrar esos bienes y voluntades. Cuando en una ciudad se toman medidas para reducir la población de palomas, se hace porque se considera de un interés general que incluye la limpieza de las calles, las molestias a los viandantes, la evitación de la transmisión de ciertas enfermedades, que los chavales de colegios e institutos no jueguen al baloncesto en una pista arrasada de cagadas. Quizás también el perjuicio a algunos negocios, pero como un ítem más en la docena. El liderazgo de la exigencia y de la preocupación pública no lo detentan los dueños de los bares sobre cuyas terrazas se abaten estos pájaros, molestando a los clientes y espantando a los potenciales. Se buscan la vida: redes, púas, ahuyentadores eléctricos, etcétera. Si las palomas solo les perjudicaran a ellos, no se emprendería el palomicidio; no estaría justificado. No debiera ser distinto con la ganadería.

La ganadería instrumentaliza también, en su revuelta gremial, la dimensión identitaria y romántica de su labor, su carácter emblemático. Asturias y la vaca, los vaqueiros de alzada, los pastores de Picos, las cabras de Cabrales, «al pasar pol puertu Payares alcontré un vieyu llindiando vaques». Se venden a sí mismos como una especie a proteger, un patrimonio inmaterial. También son empresarios sagaces en esto. Cuando una compañía tiene muchos años, puede monetizar la nostalgia, como hace Cola-Cao cuando vende cajas vintage que, al verlas en el anaquel del supermercado, le traigan a uno el recuerdo, como a Proust la magdalena aquella, del que le preparaba cuando era niño su abuela, que en paz descanse; y llegue a hacer que esté dispuesto a pagar el doble que por un cacao en polvo igual de bueno o más, pero carente de esa efe del DAFO que es la memoria entrañable. De nuevo, los ganaderos están en su derecho de proveerse del mejor marketing. Pero las administraciones públicas deberían hacer con él lo que Ulises con las sirenas: amarrarse al palo mayor para no dejar que su canto le pierda; que las vuelva corruptas, prevaricadoras, porque eso es lo que es que un poder público se deje gobernar por intereses privados, en vez de gobernarlos.

Comentarios 4

  1. Emilio de la Calzada says:
    1 año ago

    Verdades absolutas las expuestas en este artículo. Muy diferentes a las informaciones que normalmente acompañan a las noticias sobre ganadería y lobos.
    Gracias, Pablo.

    Responder
  2. Jusé says:
    1 año ago

    Interesantes reflexiones, aunque un pelín demagógicas: hay mucha ‘brocha gorda’ en este artículo.

    El problema del lobo es de una complejidad grande, porque, entre otras cosas y en primer lugar, la presencia del lobo está asociado a la ganadería. Así ha sido históricamente: ha habido lobos donde ha habido ganadería, no corzos, ciervos o jabalís. Las zonas ganaderas de España han sido históricamente las zonas ‘loberas’. Es por ello, que el lobo haya sido considerado como enemigo de la ganadería y el ganadero sea enemigo del lobo. Es algo lógico, y no es cosa de los ganaderos de hoy, los cuales a diferencia de lo que se deduce del artículo, de empresarios tienen más bien poco. Ya me diréis qué empresario conocéis que trabaje los 365 días del año… La mayoría de los ganaderos de hoy ‘heredaron’ el oficio de los padres y muchos de ellos demuestran bastante amor al oficio, como quien trabaja de periodista o de historiador, sin que —a diferencia de los empresarios— los mueva el lucro a costa de lo que sea o el pelotazo. Hay ética también en muchos ganaderos y diría que no los mueve una lógica propiamente capitalista, sino que habría que buscar en lo señalado por Chayanov sobre la lógica de la economía campesina.

    Otra crítica al artículo es que no se considera al tercer término de la ecuación: los cazadores, los cuales sí que tienen una clara postura a favor de la caza del lobo. No sé si es casualidad, pero en mi pueblo los ganaderos no son cazadores. Por tanto, no metamos a todos los defensores de la caza del lobo en un mismo saco. Lo digo por aquello de ser riguroso.

    En tercer lugar, hay imprecisiones en el texto, los montes no son públicos, son de los pueblos. Incluso alguno de ellos fueron comprados por los propios ancestros de los actuales ganaderos. El error fue que, a diferencia de Cataluña y otros lugares, los inscribieron a nombre de la Junta Vecinal, no a nombre de cada uno de los vecinos que pagó por ellos. Así que, a mi me parece bien que sean los ‘vecinos’ de los pueblos los que disfruten del monte y los comunales de cada pueblo. El monte no es de los ecologistas, es de los vecinos, y si hay un ‘vecino’ que es ecologista, también es suyo el monte. Pero no es de los ecologistas, ni de los domingueros, ni de los turistas, ni del Estado. El Estado hace una labor de tutela, ya que en su momento la mayoría de montes en zonas montañosas fueron ‘catalogados’ (etiquetados, inventariados,…) como Montes de Utilidad Pública; no fueron catalogados como montes del Estado o montes de propiedad pública. El mar, el aire o las carreteras son públicas, los montes no.

    Podría seguir escribiendo sobre otras aristas del tema: indemnizaciones por daños, etc., etc. Pero aquí cierro la reflexión. Quiero aclarar que no soy ganadero ni estoy de acuerdo con la caza del lobo, pero creo que, en esta ocasión, las reflexiones de P. Batalla, no son acertadas. Soy historiador —hijo y hermano de ganadero— y como decía E. P. Thompson utilizando esta cita de Marx “Dejar el error sin refutar es fomentar la inmoralidad intelectual”.

    Responder
  3. Benjamín says:
    1 año ago

    En la gran mayoría de pueblos que yo conozco , los ganaderos sí son cazadores, de lo que se trata aquí es de continuar con la atroz costumbre de cazar y matar a todo bicho viviente, sobre todo si el animal es un símbolo del valor, de la libertad y de la naturaleza indómita.
    Da igual a quien pertenezcan los montes (que haya montes privados ya nos tendría que parecer una aberración)los animales salvajes son un bien común , forman parte de la cadena trófica que es un error romper, si los lobos matan algún animal está bien que se indemnice a los propietarios, aunque sería discutible si lo hacen en montes públicos…
    Todo forma parte de continuar con costumbres retrógradas y violentas alimentadas por ideologías que se resisten a desaparecer.

    Responder
  4. Lorena Garcia says:
    1 año ago

    Buenas. Me gustaría comentar que, en el tema del lobo VS ganadería tradicional, lo que me parece a mí es que el tema no va del lobo. El tema va de en lo mío mando yo VS dejar que me manden desde la ciudad. Existe una especie de movimiento «ruralfluencer» que publica contenido en las redes sociales a diario para concienciar sobre esta lucha que tienen contra el sistema. Como pasa a menudo cuando pones en práctica las ideas suceden contradicciones. Su gran contradicción es que no quieren al urbanita, pero viven de él. Su queso y su carne es consumida incluso por los ecologistas que tanto les molestan. Su campaña de marketing consiste básicamente en vender su modo de vida «tradicional» mientras en las calles nos en cara que si no es por ellos no comemos. El queso, y sobre todo el cabraliego, ya es un producto gourmet. Lo venden en cuñas, lo envían a cualquier parte del mundo y cada año baten record de ventas. Si hubiera menos queso, no pasaría absolutamente nada porque, como todo, consumimos en exceso. Los empresarios que se han apuntado a esta resistencia rural no quieren que les juzguemos y quieren tomar sus decisiones sin que el Estado intervenga pero, la realidad es, que su modo de vida y sus negocios dependen casi exclusivamente del turismo. Miles de turistas son atraídos por sus productos y las hermosas vistas que ofrecen sus locales hasta tal punto que son ellos mismos los que acaban solicitando ampliar aparcamientos para traer más y más peatones urbanos por sus bonitos pueblos. Si no tienes reserva para comer y les quitas un sitio de aparcamiento te llamarán pisapraos, pero, si vas a comer habrá respeto..Un respeto basado en el dinero, nada más. No paran de criticar un Parque Nacional al que se refieren como parque temático, cuando, son ellos los que meten 4×4 urbanitas por las vegas. Están cómodos con el prefijo «eco» si les beneficia como empresas de ecoturismo, es decir, subir turistas a ver a sus cabras por la Peña Main, pero luego, hacen vídeos contra lo «eco» sobre todo cuando ese prefijo no se transforma en billetes.

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