La tuna masculina de la Universidad de Oviedo vive un momento dulce: diez integrantes luchan por una tradición que se remonta al siglo XVIII. «Hay gente de todo tipo, de todos los sitios. La tuna no es eso que muchos creen»

A primera vista pueden parecer una estampa de otro tiempo. Capas negras cargadas de cintas, guitarras, bandurrias y voces que irrumpen en la noche ovetense cuando ya pasan de las doce. Pero detrás de esa imagen hay otra realidad. La tuna masculina de Oviedo, la única histórica que permanece activa en la ciudad, atraviesa un momento de crecimiento tras años de mínimos, sostenida por un grupo reducido pero cohesionado que defiende la tradición desde dentro. «Ahora mismo somos diez personas», explica Luis Cueva, uno de sus miembros veteranos. La tuna ovetense hunde sus raíces en el siglo XVIII. Durante décadas hubo varias agrupaciones masculinas en la ciudad, ligadas a distintas facultades. Hoy solo queda esta, junto a una tuna femenina de creación reciente que ellos mismos apadrinaron y que «está creciendo mucho», cuenta Cueva.
Él conoce la tuna desde dentro y no de casualidad. Es literalmente «hijo de tuna», ya que su padre también formó parte de la misma en su época, y ahora lleva ya quince años formando parte del grupo. «Yo entré porque lo viví desde pequeño. Esto engancha», resume. Y cuando se le pregunta qué tiene la tuna para retener a la gente durante tanto tiempo, no duda: «La música, pero sobre todo la hermandad. Los que llevamos más tiempo ya no somos amigos, somos una familia».
Nico, el benjamín de la tuna que se hizo famoso con el ‘Santa Bárbara Bendita’

Esa familia funciona con códigos propios. Uno de ellos es el novataje, un periodo de aprendizaje que puede durar varios años. «En ese tiempo no pagas absolutamente nada. Ni viajes, ni cenas. Lo único que tienes que hacer es aprender«, explica. Aprender a tocar, a cantar, a escuchar y a convivir. «Aquí ha entrado gente que no sabía ni cantar ni tocar la guitarra y ha aprendido desde cero. Lo único que hacen falta son ganas». Las edades dentro del grupo son variadas: desde los 17 años del más joven hasta los 35 del mayor activo. El benjamín es Nico, el adolescente que emocionó a media Oviedo en Semana Santa cantando el Santa Bárbara Bendita. Dentro de la tuna tiene mote, como manda la tradición. «A Nico le llamamos ‘Angustias’», dice Luis entre risas. «Todavía hoy la gente lo reconoce por la calle».
Aunque la imagen romántica del tuno cantando bajo un balcón sigue viva en el imaginario colectivo, la actividad de la tuna es mucho más amplia. Actúan en bodas, comuniones, bautizos y eventos, y con ese dinero financian viajes y encuentros con otras tunas, ya que no reciben partidas de otras instituciones ni de la Universidad de Oviedo. «Hemos estado en La Rioja, en Sevilla… Entre tunas se crean amistades para toda la vida», cuenta. También hay una fuerte vertiente social. Cada Nochebuena repiten un ritual que ya es inamovible. «Todos los años vamos a cantar a los asilos y a la Cocina Económica», relata Cueva. «Son actuaciones que llegan mucho al corazón. Ves gente que está sola, sin familia, y por lo menos les alegras un poco ese día».
La capa, su bien más preciado: «La cinta más especial que tengo es la de mi madre»

Lejos de clichés ideológicos, la tuna se define como un espacio plural. «Somos completamente apolíticos. Dentro de la tuna está prohibido hablar de política y de fútbol», afirma. «Hay gente de todo tipo, de todos los sitios. La tuna no es eso que muchos creen». La llegada de la tuna femenina a Oviedo ha supuesto, además, un paso natural hacia la modernización de la tradición. «Nosotros las apadrinamos», explica Luis. «La tradición dice que las tunas eran solo de chicos, pero porque antes las mujeres no podían hacer muchas cosas. Afortunadamente, ya todos vivimos en el siglo XXI«. Y es que no descarta incluso un futuro mixto: «En Latinoamérica ya las hay«.
Si hay un símbolo que resume todo lo que significa ser tuno, ese es la capa. «Es el bien más preciado del tuno», afirma con seriedad. En ella se cosen las cintas bordadas por «las mujeres que nos quieren». No necesariamente parejas. «La cinta más especial que tengo es la de mi madre», confiesa. Cada escudo, cada cinta, funciona como un diario de viajes y afectos. Hoy, la tuna masculina de Oviedo ensaya en un local alquilado, se financia únicamente con lo que gana tocando y sigue siendo reconocible en lugares como el Pandora, el popular bar de la calle Mon que funciona como su punto de encuentro habitual en las noches carbayonas. «Somos chavales normales, a los que nos gusta la música y juntarnos para tocar», insiste Luis. «Nada más… y nada menos».