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Javier Gil: «No basta ‘pinchar’ la burbuja de la vivienda; lo que venga después debe favorecer a las mayorías sociales»

Borja Pino por Borja Pino
07/04/26
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Sociólogo e investigador del CSIC, este experto en la deriva de los mercados inmobiliarios recalará mañana, en Oviedo, y el jueves, en Gijón, para presentar ‘Generación inquilina’, un análisis en profundidad, aunque ameno, de la crisis del sector del alquiler en España

Javier Gil, en un reportaje fotográfico de Cristina Candel.

Todos los informes, estudios, encuestas y sondeos coinciden en situar el de la vivienda como el principal foco de inquietud del español promedio. Así, sin ambages. Directamente. Ni la creciente inestabilidad internacional, ni la polarización política, ni la siempre discutible seguridad… Nada de todo eso le disputa el ‘liderazgo’ al, en apariencia, imparable aumento de los precios del mercado inmobiliario, tanto en régimen de compra como de alquiler. El mismo incremento que este lunes ha arrojado un nuevo dato preocupante en Asturias, con 1.697 euros el metro cuadrado de media, y que ha condenado a una generación entera a desterrar el paradigma de la ‘meritocracia del esfuerzo’ a simple recuerdo de una época pasada. Se trata, en resumen, de un problema con una larga y compleja historia, de solución difícil -aunque no imposible-, y al que Javier Gil García (Madrid, 1985), doctor en Sociología y miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha consagrado su labor profesional durante los últimos doce años. El resultado de esa década larga de esfuerzo es ‘Generación inquilina: un nuevo paradigma de vivienda para acabar con la desigualdad’, un libro que pretende ser al mismo tiempo descriptor de la crisis de la vivienda -incluyendo sus dimensiones económica, social y, desde luego, también política- y aportador de posibles soluciones. Editada por Capitán Swing Ediciones, y a punto de ver nacer su segunda tirada, la obra será presentada por su autor mañana miércoles en la ovetense librería Matadero Uno, y el jueves, en la Escuela de Comercio de Gijón; en ambos casos, a las 19 horas.

En su libro, usted repasa la evolución temporal de un problema que hunde sus raíces en la crisis de 2008. Y lo hace aportando abundantes argumentos, datos y ejemplos pero, aun así, es inevitable hacerse una pregunta… ¿Cómo, como sociedad, se ha llegado a esto?

Efectivamente, hay que entender que no hablamos de una crisis que se gestase de un día para otro. Ha sido un proceso largo, de años, que tiene mucho que ver con la financierización de la vivienda. Y funcionó fácilmente entre la década de 1970 y 2008, porque la población podía beneficiarse de ello, se uso mucho dinero, se intervino políticamente… Pero en 2008, con el estallido de la ‘burbuja del ladrillo’, todo eso saltó por los aire. Y, desde entonces, el modelo se ha reforzado, pero las mayorías sociales ya no se benefician, sino que sufren por ello. Por eso, lo que estamos viendo en la actualidad son las consecuencias de un sistema que comenzó hace mucho, pero que el cambio de tendencia ocurrido en 2008 ha vuelto inaceptable. Desde entonces, el acceso a la vivienda se ha convertido en una barrera a la dignidad.

Sí, pero estamos hablando de 2008, nada menos; en dos años habrán pasado un par de décadas desde aquella crisis, de la que tanto costó salir. ¿Cómo puede ser que nadie, de entonces hasta ahora, pusiese los cotos necesarios para evitar la escalada de los precios?

Básicamente, porque es un modelo que genera muchos beneficios, y hay mucho interés en que no cambie. Además, resulta muy difícil cambiarlo… De hecho, no es hasta ahora, cuando sus efectos son tan abruptos de repente, que se ha situado en el centro de la agenda política. Es ahora, no entonces, cuando estamos diciendo que hay que hacer algo al respecto.


En su libro asegura que existen fórmulas para acabar con este modelo, para revertir la situación. La duda es… Estando en la situación en la que nos encontramos ahora, ¿todavía queda margen de maniobra para actuar, o ya es demasiado tarde?

Queda margen, aunque es verdad que ya estamos en una situación bastante difícil. Por eso mismo hay que intervenir cuanto antes, porque las nuevas regulaciones que se imponen desde las Administraciones están demostrando ser cada vez más insuficientes. Y un detalle fundamental: no basta con resolver el problema presente. Hay que deshacer lo hecho, volver atrás y repensar el modelo. ‘Revertirlo’, como ha dicho usted.

¿Es realista creer que algo así puede llegar a suceder?

Creo que no queda otra. Esto ha tomado un rumbo tal, que está fracturando la sociedad. Así que o hacemos algo, que sea suficiente y que se haga pronto, o las consecuencias pueden ser dramáticas y, en algunos casos, muy fuertes.

¿Se refiere al impacto en el plano político? En la obra insiste a menudo en esa conexión entre mercado de la vivienda y política…

Exacto. Enlazo de manera directa el auge de la extrema derecha con la crisis de la vivienda. Pensemos que lo hay de fondo es la desaparición de un paradigma; tradicionalmente se nos ha dicho que si estudiar y trabajas, vas a vivir bien, y eso incluye el acceso a una vivienda. Pero, a la hora de la verdad, no puedes salir de casa de tus padres. Si a eso le sumas que la izquierda gobierna desde hace años, y que lo lleva haciendo en un momento en que los precios no dejan de subir, a pesar de las medidas que ha tomado para tratar de evitarlo… Es entonces cuando se empieza a escuchar el discurso de otros: que es culpa de los inmigrantes, de los jubilados… Llegados a ese punto, esa crisis de la vivienda ya se ha transformado en una crisis política.

Una de las preguntas que más a menudo se hacen aquellos afectados por esta dinámica es si el problema, esta nueva burbuja que rodea a lo inmobiliario, está cerca de explotar, o si aún le queda margen para crecer. ¿Qué opción defiende usted?

Los precios están cada vez más desconectados de la realidad de las familias, pero también vemos que, cuanto más suben, la estabilidad se vuelve cada vez más frágil; en otras palabras, cualquier evento puede provocar que esto ‘pinche’. Lo que está pasando ahora para que eso no ocurra es que hay mucho oxígeno entrando en la burbuja, debido a los buenos datos del empleo; eso hace que se pueda extender hasta límites en los que el riesgo sea cada vez mayor. Bastaría un evento internacional desestabilizador para quebrar este escenario pero, insisto, no basta conque ‘pinche’. En 2008 el ‘pinchazo’ generó desigualdad, y llevó a que se rescatara a los bancos mientras se dejaba a gente en la calle. ¿Queremos evitar eso? Pues, antes de ‘pinchas’ la burbuja, hay que idear la manera de que la respuesta posterior beneficie a las mayorías sociales. Que sea un ‘pinchazo’ democrático, en el buen sentido.


«Cada vez que hay políticas que reducen el beneficio del rentismo, de forma inmediata los propietarios se ponen en guardia contra ellas. Eso es señal de que los propietarios tienen miedo»

A la hora de abordar este tema, es fácil pensar en inquilinos, en personas hipotecadas… Pero también está la otra parte: los propietarios, grandes o pequeños, y a los que se acostumbra a dibujar como los ‘malos’ de esta historia. ¿Realmente lo son?

Lo que los propietarios buscan es legitimar su situación, obtener todos los beneficios que puedan. Y, para ello, se intentan naturalizar las consecuencias del problema, se eximen de cualquier responsabilidad, y echan la culpa a otros. Al Gobierno, por ejemplo; o a los jefes, que no pagan suficientes salarios; o a los fondos de inversión… El objetivo siempre es naturalizar la desigualdad y las condiciones que hacen que esto esté pasando, para que no cambie. Recordemos que es una dinámica que les proporciona enormes beneficios… Por ello, se han situado en un discurso totalmente victimista, cuando no en una guerra cultural contra las políticas de vivienda, como digo en el libro. Cada vez que hay políticas que reducen el beneficio del rentismo, de forma inmediata se ponen en guardia contra ellas. Eso es señal de que los propietarios tienen miedo. Porque, en el fondo, lo que están haciendo es alinearse con las oligarquías rentistas, y no con el interés de la población.

Bajemos al caso de Asturias y, en concreto, al de sus dos grandes ciudades: Oviedo y Gijón. En ambas urbes se ha puesto en el punto de mira del problema la proliferación de las viviendas de uso turístico (VUT); en especial, en el caso de la segunda, cuyo Ayuntamiento aprobó en 2024 una moratoria de un año para bloquear la concesión de nuevas licencias, a la espera de que el Principado activase su propia ley autonómica…

Una tirita. Las moratorias son un buen ejemplo para hablar de todo lo que está pasando. No basta aplicar la Ley de Vivienda en zonas tensionadas; hay que revertir el problema. ¿De qué me sirve sacar adelante una moratoria, si ya hay cientos o miles de VUT operando?


Entonces, rescatando la pregunta, ¿concede que esas VUT son una parte importante de la crisis?

Las VUT están generando un problema muy fuerte. Reducen la oferta de vivienda en alquiler, la asequible, y propician que suban los precios. Dicho de otro modo, ahora la población ha de competir con los turistas, y en España hay lugares donde este fenómeno se está produciendo con mucha fuerza, degenerando en un el problema es enorme. Personalmente, pienso que es un error desarrollar a través de la turistificación; un territorio necesita desarrollo económico y social., y si sube el pecio de la vivienda, y la gente se marcha a lugares más asequibles, esa ‘fuga’ dificulta el asentamiento de actividad económica, porque las empresas que podrían acudir no van a encontrar mano de obra, o clientes. Por ello, la conversión de viviendas en pisos turísticos nunca ayuda a los municipios; al contrario, más bien.

¿Qué hacer, pues? ¿Retirar las licencias de VUT ya concedidas? Podríamos estar hablando de muchos millones de euros en indemnizaciones a propietarios…

Esas licencias son un problemas. Las viviendas turísticas deben volver al mercado residencial; así de simple. Dicho eso, hay muchas formas de lograr que ocurra. Al fin y al cabo, en la mayoría de municipios españoles las licencias de VUT no han costado nada, lo que no impide que haya gente especulando con ellas. Tales desembolsos han sido migajas en relación al beneficio que se genera por su explotación. De ahí que haya que anularlas. Y tenemos un ejemplo a mano: Cataluña. Vamos a ver qué pasa cuando la medida, que ya esté en marcha, avance.

Acaba de mencionar Cataluña, pero… ¿En qué otros ejemplos fuera de España podría mirarse nuestro país? En en el libro cita algunos; Viena, la capital de Austria, sin ir más lejos…

Sí, Viena es la ciudad a la que nos solemos referir. Allí, dos tercios del mercado inmobiliario están regulados a partir de criterios sociales; el control de las viviendas se hace no por la capacidad de crear beneficios, sino en base a criterios sociales. El tercio restante sería privado. Esa distribución reduce la rentabilidad y, por extensión, disminuye los precios; por eso, los grandes especuladores no entran, y prefieren venirse a España. Luego, al margen de Viena, hay otros casos de lugares que, frente al nuevo contexto rentista, están amenazados, como Alemania, Suecia… Tienen políticas muy garantistas, con contratos de alquiler indefinidos, con los precios regulados por ley…


«Aquí, en España, el mercado es uno de los más descontrolados (…); la consecuencia de todo ello es dejar de creer en los valores de la sociedad, una creciente desafección… Y eso se empieza a manifestar en fuerzas como la extrema derecha»

Y nosotros, como ha mencionado usted mismo, somo ejemplo de lo contrario…

Sí, hoy por hoy somos la prueba de hacia donde no hay que ir: una sociedad en la que se está disparando la desigualdad. Cada vez vivir en alquiler se está volviendo más imposible, y eso se traduce en inestabilidad, precarización… Aquí, en España, el mercado es uno de los más descontrolados; los llamados ‘desahucios invisibles’, en los que echan al inquilino para meter a otro que va a pagar más, son la norma. La consecuencia de todo ello es dejar de creer en los valores de la sociedad, una creciente desafección… Y eso se empieza a manifestar en fuerzas como la extrema derecha.

No obstante, la propia sociedad parece estar organizándose para combatir el fenómeno, al margen de las Administraciones. Usted mismo, en 2017, tomó parte en la fundación del Sindicato de Inquilinas de Madrid, que ya tiene ramificaciones por todo el país, y cuyo núcleo asturiano lleva meses siendo muy activo. ¿Estamos realmente ante mecanismo organizativos que pueden cambiar las cosas, capaces de desequilibrar la balanza a favor del ciudadano?

Para empezar, iniciativas como el Sindicato de Inquilinas son útiles porque, en muchos casos, consiguen bloquear los desahucios. En Cataluña la huelga de alquileres en CaixaBank ha hecho que decenas de inquilinos se hayan pasado un año sin pagar al casero, dejando todo ese dinero en una ‘caja de resistencia’; con ello, han forzado a que la Administración compre las viviendas. Así que sí, organizándose y luchando pueden conquistarse esas viviendas. Además, las entidades sindicales han sido cruciales en la elaboración de leyes, ejerciendo presión para que las que ya estaban en vigor se cambien… Eso pasó con la LAU (Ley de Arrendamientos Urbanos) de 2009. También, después de la pandemia, las medidas se aprobaron porque presionaron los sindicatos. O la prórroga que salió adelante hace dos semanas… Los ejemplos abundan, así que sí. Funcionan.

Y todo ello, junto con mucho más, lo detalla en el libro que traerá a Asturias esta semana. Y sería inadecuado concluir la entrevista sin lanzar la pregunta clave… ¿Por qué? ¿Con qué idea en mente se lanzó a escribirlo?

El objetivo es intentar explicar el problema de la vivienda, sus efectos y sus posibles soluciones de una forma divulgativa, recogiendo estos doce años que llevo investigando la cuestión, desde que empecé estudiando el fenómeno de Airbnb. Y, de momento, está yendo súper bien. Hoy sale la segunda edición, y está recibiendo muchos comentarios favorables, así que me siento contento con la acogida. La gente está muy ilusionada.

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