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Innovar por innovar

Pablo Batalla por Pablo Batalla
16/11/25
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Un amigo me cuenta que frecuentan el edificio muchas personas sin techo, que vienen aquí a cargar el smartphone y conectarse a Internet (…) En este futuro nuestro, los smartphones ya no son un artículo de lujo, pero la vivienda sí


El otro día me monté por primera vez en un Tesla. Era un taxi que, en San Sebastián, me llevó de mi hotel a la estación de autobuses. Tardé unos segundos en deducir cómo se abría la puerta, que no tenía manija visible, sino una fina pestaña incrustada en la carrocería. Y lo mismo para salir: en este caso, tampoco había manija, sino un botón que apretar, que me llevó otro puñado de segundos advertir en el interior de la puerta.

El futuro ya está aquí, uno ya tiene una edad para que le desconcierte, y a veces, si a uno no le entusiasman las mejoras del porvenir, tiene que comer ajo y beber agua. Pero, en ocasiones, el futuro no son mejoras objetivas, sino la novedad por la novedad, la innovación por la innovación. ¿En qué es objetivamente mejor un botón que una manija? Tesla, igual que Apple y otros buques insignia de la revolución tecnológica de nuestros días, introducen a veces cambios superfluos que lo que quieren no es innovar, sino enfatizar que se innova; que se está ante un artilugio futurista. O ni siquiera futurista, sino simplemente elitista; un artefacto tan diferente, tan no para todo el mundo, que ni manijas tenga, porque los coches de los ricos no pueden tener algo que también haya en un Seat Panda.

Los ricos siempre buscan distinguirse; parecer otra especie. Siempre pongo de esto un ejemplo dermatológico. En la Edad Media, cuando las capas más bajas de la población, que entonces eran los campesinos, tenían la piel curtida y morena por el trabajo de sol a sol, los aristócratas, sobre todo las mujeres, buscaban una piel lo más pálida posible. Un trovador alemán ensalzaba de cierta dama que su piel era tan blanca que, cuando bebía vino, se veía fluir por su garganta el rojo color de la bebida. Y de los reyes y nobles se dice que tienen sangre azul porque, efectivamente, su piel era tan blanca que se les veían las venas azuladas, invisibles en la piel tostada del labriego. Pero cuando llegó la revolución industrial y la vida de los humildes pasó a ser encerrarse doce horas diarias en fábricas sin ventanas —y la palidez consiguiente, un rasgo proletario—, las élites empezaron a buscar la piel morena que antes habían rehuido, signo de ociosidad, opulencia y las largas vacaciones en la Costa Azul con las que los obreros no podían soñar. En la Costa Azul o en la cantábrica, en este Donosti señorial en el que ahora este hijo de minero se monta en un Tesla.

El techo era transparente, y ¿para qué diantres queremos un techo transparente? Y la pantalla del navegador era enorme, tamaño ordenador portátil. Y además del mapita del GPS y la cámara trasera (innovaciones que, puesto que no soy tecnófobo, sí me parecen muy celebrables), mostraba otra pantalla en la que se veían los carriles, coches y semáforos que el taxista tenía delante, pero informatizados, gamificados, convertidos en una escena de videojuego. ¿Para qué dedicar recursos a ver dos veces la misma cosa; a distraer, de hecho, al conductor de ver la única cosa que tiene que mirar?

Tamos refalfiaos. Y vivimos en un mundo de pantallas y enchufes, y por eso al llegar a la estación de bus de Donosti, me topo con un servicio de alquiler de baterías externas para cargar el móvil. Vivimos, sí, en el futuro. Y en él también ocurre lo que al día siguiente me cuentan en Bilbao, en el Azkuna Zentroa, un contenedor cultural que tiene salas de exposiciones, gimnasio, biblioteca, restaurantes… y enchufes. Un amigo me cuenta que frecuentan el edificio muchas personas sin techo, que vienen aquí a cargar el smartphone y conectarse a Internet. Los veo, de hecho, luego en la sala de estudio, adonde subo a trabajar un par de horas con el portátil —y, entre otras cosas, escribir este artículo—. Se sientan a la mesa, enchufan el móvil, ponen música (y, al fisgar la pantalla de uno que tengo al lado, advierto que las letras que salen en la pantalla son árabes), se ponen los cascos, se suben la capucha de la sudadera, se recuestan y se adormecen. En este futuro nuestro, los smartphones ya no son un artículo de lujo, pero la vivienda sí.

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