Ovetenses y turistas curiosos se arremolinaron a las puertas del Campoamor para ver pasar a algunas de las muchas personalidades que este viernes abarrotaron el teatro más icónico de la ciudad
Una vez más, los Premios Princesa de Asturias despertaron la curiosidad de ovetenses y visitantes, que abarrotaron los alrededores del Teatro Campoamor. Hasta allí se desplazaron los reyes y diversas autoridades para acompañar a los galardonados de este año. Todos ellos recibieron una calurosa bienvenida, aunque, a pocos metros, un centenar de personas protestaban, bandera republicana y palestina en mano, por un cambio de modelo y la abolición de la monarquía. Pero lo que más pudieron oír las distintas celebridades que desfilaron por la alfombra hasta el teatro fueron, sin duda, los vítores. La presidenta de la Fundación Princesa de Asturias (FPA), Ana Isabel Fernández, hacía, de hecho, alusión a Oviedo, una ciudad que “se vuelca para acogerlos” y a una Asturias que “cada año vibra con la emoción de la gratitud hacia quienes trabajan para construir un mundo mejor para todos”.
Tras ella, tomaron la palabra algunos de los premiados. Entre los más celebrados, el discurso de Eduardo Mendoza, quien, con su habitual ironía, dijo contemplarse como “una joven promesa de la narrativa española a la que se mira en el espejo”. En su intervención, y con su característico humor, recordó su educación, “estricta, tediosa y opresiva (…), donde me inculcaron tenazmente las virtudes del trabajo, el ahorro y el decoro, gracias a lo cual salí vago, malgastador y un poco golfo; tres cosas malas en sí, pero buenas para escribir novelas”. Sobre el contexto político y social actual, aunque sin referencias directas, señaló que no le gusta el mundo tal y como lo ve hoy: “He tenido la suerte de vivir una larga etapa excepcional de relativa paz, estabilidad y bienestar. A mi edad, preferiría disfrutar de lo que hay y no andar quejándome de lo que falta, pero me temo que no podrá ser”.
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Por su parte, el filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han, fiel a su trayectoria, huyó de medias tintas al asegurar que sus “textos de crítica social han causado irritación, sembrando nerviosismo e inseguridad, pero al mismo tiempo han despertado a muchas personas”. Criticó duramente el neoliberalismo y la supuesta libertad individual que propone: “Aunque hoy creamos ser más libres que nunca, la realidad es que vivimos en un régimen despótico neoliberal que explota la libertad”. Advirtió, además, que la autoexplotación moderna es “más eficaz que la dominación externa porque genera una falsa sensación de libertad”. También los teléfonos móviles y las redes sociales estuvieron en el centro de su crítica: “Es el teléfono inteligente el que nos utiliza a nosotros, y no al revés”. Sobre las redes sociales, señaló que “no nos socializan, sino que nos aíslan, nos vuelven agresivos y nos roban la empatía”. Lamentó, además, que los parlamentos se hayan convertido en “escenarios de autopromoción de los políticos”, mientras el neoliberalismo “ha generado una gran cantidad de perdedores” y ha ensanchado la brecha entre ricos y pobres: “El miedo a hundirse socialmente afecta ya a la clase media”, advirtió, “y estos temores empujan a muchos ciudadanos hacia los brazos de autócratas y populistas”.
A continuación, la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide subió al estrado: “He pasado más de medio siglo de mi vida mirando al mundo por una ventanita que apenas mide unos escasos centímetros cuadrados. ¿No resulta paradójico otorgarme el prestigioso Premio Princesa de Asturias de las Artes por una hazaña tan circunscrita? Lo agradezco y me siento muy honrada, pero mis méritos no rebasan estos cuantos centímetros de quimera”. Quiso también recordar la Guerra Civil española, a raíz de la cual “llegaron a México intelectuales y artistas que enriquecieron su vida cultural e inspiraron con sus talentos y conocimientos”.
El último turno fue para el expresidente del Banco Central Europeo (BCE) y Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2025, Mario Draghi, quien defendió que el futuro de Europa “debe ser un viaje hacia el federalismo pragmático”, basado en “cuestiones concretas”, que sea “flexible” y “capaz de actuar al margen de los mecanismos más lentos de toma de decisiones de la UE”. Según Draghi, este modelo “se convertiría en la construcción de un propósito común de abajo hacia arriba, y no en una imposición de arriba hacia abajo”, de modo que “todos aquellos que quisieran sumarse podrían hacerlo, mientras que quienes intentasen bloquear el progreso ya no podrían frenar a los demás”. El exjefe del BCE defendió “una visión de Europa llena de confianza, en la que los ciudadanos puedan creer y donde los jóvenes vean su futuro”. “Esta es la visión que debemos ofrecer si Europa quiere renovarse”, concluyó, soñando con “una Europa que actúe no por miedo al declive, sino por orgullo de lo que aún puede lograr”.
En último lugar, la princesa Leonor quiso defender, en su discurso, la necesidad de «volver a lo esencial», respetando a quien piensa diferente, tratando bien al prójimo y valorando la educación, al tiempo que ha reivindicado la importancia de la convivencia para garantizar el progreso compartido: «Siendo consciente de la complejidad que nos rodea y de cómo estas mujeres y hombres la han atravesado con sus obras y sus vidas, estaréis de acuerdo en que conviene equiparse con buenas herramientas para afrontar esa complejidad«. Además, ha instado a la sociedad a no olvidarse de atender, «con acciones responsables y medibles, a quienes no lo tienen fácil, a las personas más vulnerables, a los jóvenes que pelean para formarse, para tener un trabajo, para tener un hogar, a las personas mayores que no desean estar solas, a nuestros niños y niñas en riesgo de pobreza». Pero quizá la ovación más grande del Campoamor para Leonor sucedió tras el guiño lanzado a su hermana Sofía: «Es bonito lo que dices de tu hermana (a Serena Williams): ‘Sin Venus, no habría habido Serena. Las hermanas cómplices son nuestras grandes compañeras de viaje«.
























































