Cristina Díaz
Me llamo Cristina Díaz y vivo en la calle Ramón y Cajal de Oviedo con mi madre, una persona mayor con deterioro cognitivo. Desde la peatonalización, la calle se ha convertido en un infierno: ruido constante, aglomeraciones diarias y ocupación descontrolada de la vía pública que impiden mantener una conversación o ver la televisión en casa.
La Policía Local alega que no puede actuar porque estas concentraciones están «consentidas» por el Ayuntamiento. Sin embargo, me multan cuando ayudo a mi madre a bajar del coche, a pesar de su condición de persona dependiente. Una incoherencia inaceptable.
Durante diez años hemos convivido sin problemas con el bar justo debajo. El conflicto surge con un establecimiento que permite consumir sin control en la vía pública, ocupa espacio no autorizado y convierte el muro de la Universidad —un bien patrimonial— en un botellón continuo, con ruido, basura y degradación del entorno.
Lo más preocupante es la absoluta impunidad de sus clientes. No son jóvenes en fiestas puntuales, son adultos, profesionales, que se comportan con falta de educación: increpan a vehículos, notan la calle como suya y dejan basura por doquier.
Para añadir a esta situación, me he puesto en contacto con OTEA, la Asociación de Hostelería de Asturias, para consultar si habían recibido alguna queja de los restaurantes o locales vecinos respecto a este problema. Me han confirmado que ellos no tienen ninguna queja registrada al respecto. Esto aumenta la sensación de impunidad y de falta de vigilancia, ya que ni siquiera el sector hostelero cercano denuncia estas prácticas que perjudican a los vecinos.
No debatimos la importancia de la hostelería, pero esta no puede desarrollarse a costa del descanso, salud y dignidad vecinal. Exigimos cumplimiento normativo, control del ruido y respeto al espacio público. Solo pedimos respeto.
Este problema no tiene color político ni debería depender del barrio. Rechazamos ser ciudadanos de segunda. El descanso es un derecho fundamental. Oviedo debe ser una ciudad para vivir, no un permanente escaparate de consumo.
Confío en que las autoridades actúen pronto.
Estoy de acuerdo con Cristina. Vivo en la Calle Mon, ¿y aquí que hacemos?,¿nos ponemos a multar a todos los chavales que dan voces por las noches, dejan la calle llena de cristales y orinan en los portales? Es una balanza muy difícil de equilibrar, porque el ocio de muchos choca de lleno con el descanso y bienestar de otros. La solución más fácil es apelar al civismo, pero cómo eso es tontería en este mundo de egoísmos, habrá que tomar una decisión: esperar a que actúen (y esperar, esperar, desesperar…) o marchar y dejar paso a los pisos turísticos, que tanto bien hacen al casco histórico de las ciudades (espero que se pille bien la ironía, lo apunto por si acaso).
Excusa: con ánimo de no ofender a lobbies turísticos, hosteleros o especuladores inmobiliarios.
Esto es el precio de lo que llaman.. «progreso» Prefiero mi calle Món, en la que naci hace 65 años, y que podiamos ir a jugar a la pelota a la plazina (hoy mas conocida por Trascorrales).
Pero como decia un conocido cantante, yo no estoy contra el progreso, si existiera un buen consenso, errores no corrigen otros, eso es lo que pienso.