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El abrazo entre un cadáver político y un político insignificante

Firma invitada por Firma invitada
03/12/25
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Una fundación vinculada a UGT —la Fundación Manuel Fernández «Lito»— entrega un reconocimiento al Principado de Asturias gobernado por el PSOE, con la presencia estelar del presidente del Gobierno del PSOE celebrando la gestión del presidente autonómico del PSOE. Si alguien espera neutralidad, que cambie de continente

Sánchez y Barbón durante la entrega de premios Anastasio de Gracia. / Principado de Asturias

Hay imágenes que resumen mejor que ningún discurso el estado real de un país. La escena de Pedro Sánchez entregando un premio a Adrián Barbón —y Barbón recibiéndolo con gesto henchido— pertenece a ese género de fotografías que, dentro de unos años, se estudiarán como emblema de una época marcada por la autoindulgencia, la propaganda circular y la necesidad de validación mutua entre líderes agotados.

Porque eso fue exactamente lo que ocurrió en los Premios Anastasio de Gracia: el encuentro entre dos políticos necesitados de validación, dos figuras que se prestan calor mutuamente para disimular la temperatura ambiente. Sánchez, un cadáver político que sigue caminando por pura resistencia al final, y Barbón, un político insignificante, agradecido por ser llamado a escena en un acto donde la ovación estaba garantizada. Ambos se abrazan, pero ese abrazo no los eleva: los delata.

Premio socialista entre socialistas

La escenografía es tan transparente que casi avergüenza describirla. Una fundación vinculada a UGT —la Fundación Manuel Fernández «Lito»— entrega un reconocimiento al Principado de Asturias gobernado por el PSOE, con la presencia estelar del presidente del Gobierno del PSOE celebrando la gestión del presidente autonómico del PSOE. Si alguien espera neutralidad, que cambie de continente.

Esta fundación, dicho sea de paso, necesitada de sostenimiento vía BOPA y BOE, tiene en su ADN la lógica circular del socialismo institucional: nos premiamos, nos aplaudimos, nos declaramos ejemplares… y luego pedimos fondos para seguir premiando, aplaudiendo y declarándonos ejemplares.

El relato económico de Barbón: un ejercicio de prestidigitación

Barbón presume de éxito económico con la solemnidad del que confía más en la épica que en las cifras. Habla de desarrollo sostenible, de “Asturias marca el camino”, de la fortaleza de los servicios públicos y de una universidad “muy cuidada”. La retórica es impecable; la realidad, no tanto.

Porque mientras él se recrea en estas palabras huecas, la Asturias real asiste a un frenazo evidente en Indra, una empresa cuyos planes de expansión —también los instalados en Asturias— están chocando con la misma parálisis política que emana de Moncloa. Añádase la caída libre del sector agropecuario, esa tragedia silenciosa que no aparece en los discursos porque no cabe en la narrativa ecológica oficial.

Y cuando Barbón necesita citar un éxito económico, solo le sale uno: el auge turístico. Asturias, convertida en parque temático del norte, con selfies, sidra y silencio. Y él, orgulloso, declara que hemos conciliado el turismo con la sostenibilidad, como si esa fuera una política de Estado y no la constatación de que no queda nada más que exhibir.

“Lo social” medido en dinero gastado, no en resultados

Barbón, como Sánchez, confunde el gasto con el mérito. Proclama que Asturias es líder en inversión en sanidad, servicios sociales y universidad, pero nunca ofrece cifras de rendimiento, solo cifras de presupuesto.

La sanidad pública, esa que él reivindica como un pilar, vive una crisis asistencial en declive constante: listas de espera más largas, profesionales extenuados, estructuras incapaces de absorber las necesidades reales de la población.

Los servicios sociales se celebran como logro, pero el balance es incómodo: escasos en lo esencial, pero generosos en desincentivar la búsqueda de empleo, alimentando un ecosistema donde la dependencia del subsidio se confunde con “progreso social”.

La universidad de Oviedo, presentada como joya del sistema, ocupa puestos cada vez más bajos en los rankings nacionales y europeos. No se cuida una universidad por gastar más, sino por exigir más. Y esa palabra —exigir— lleva años proscrita en el diccionario institucional asturiano.

Conclusión: propaganda sin realidad

El acto, el premio y los discursos conforman una performance perfectamente ensamblada: un cadáver político abrazando a un político insignificante, una fundación que vive de la subvención premiando al poder que la alimenta, y un presidente autonómico celebrando un modelo económico basado en turismo, retórica verde y gasto social sin resultados medibles.

Nada de esto mejora Asturias. Nada de esto la sitúa en la vanguardia. Nada de esto “marca el camino”.

Lo único que marca es el final de un ciclo: un socialismo que se mira en el espejo para convencerse de que aún respira, y un Principado que merece algo más que ceremonias donde los premiadores y los premiados se confunden porque, al final, son exactamente los mismos.

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