
Estamos, otra vez, ante un reloj que corre en contra y una dirección que nunca entendió que no basta con sobrevivir: hay que saber hacia dónde se va
Los síntomas estaban a la vista, pero muchos prefirieron mirar hacia otro lado. Como si el declive de una industria señera pudiera aislarse en el tiempo o en el mapa. Como si lo que ocurre en El Tallerón de Gijón no afectara, en realidad, a toda Asturias. El nuevo capítulo en la larga agonía de Duro Felguera lo ha escrito el juez con su auto del 17 de junio, al conceder un mes de prórroga para que la empresa —ahogada por su ineficiencia y desorientación— justifique su viabilidad. Y, para pilotar ese intento, entra en escena la consultora concursal Lexaudit.
Estamos, otra vez, ante un reloj que corre en contra y una dirección que nunca entendió que no basta con sobrevivir: hay que saber hacia dónde se va. En este juego, el futuro no se compra, se construye. Y el dilema es claro: o se reconfigura la empresa desde su músculo productivo —la calderería pesada— o se perpetúa el espejismo de una ingeniería de PowerPoints y fichajes de postín que solo sabe pedir dinero mientras la fábrica se vacía.
La entrada de Lexaudit podría suponer, esta vez sí, una intervención profesional y firme. En casos anteriores ha ordenado, reestructurado y separado lo útil de lo inútil. Pero en Duro Felguera el tiempo escasea, los pasivos aprietan, y las soluciones fáciles —como vender naves por dos duros— resultan tentadoras para quienes ven en la liquidez inmediata una salida, aunque sea pan para hoy y ruina para todos mañana.
Y en este contexto límite, cualquier paso en falso puede resultar letal. Incluidos los que se den desde dentro. Porque las huelgas recientes, los paros no siempre estratégicos y 7una conflictividad laboral mal enfocada pueden acabar de desdibujar lo poco que queda de un proyecto viable. Cuando la casa se tambalea, es legítimo protestar, pero más inteligente es apuntalar.
El valor real del hacero: entre Gijón y el resto de Asturias
El debate debe abandonar el perímetro de El Tallerón. Porque lo que está en juego no es solo una parcela industrial en Gijón, sino un tejido productivo que sostiene empleo, conocimiento técnico, contratos internacionales y dignidad regional. Hablar de Duro Felguera sin mencionar su red de proveedores, sin valorar el empleo indirecto en Avilés, Langreo, Mieres o Siero, es no entender la magnitud del problema.
En tiempos donde todo se evalúa por el precio y no por el valor, la calderería pesada asturiana resiste como uno de los últimos bastiones de una industria real. Tiene capacidad técnica para competir en defensa, energía o grandes infraestructuras. Tiene certificaciones como la ASME, que no se improvisan. Y tiene, sobre todo, trabajadores cualificados que no se recuperan si se marchan. Si Asturias deja caer esta pieza, la pérdida no será solo de Duro: será de todos.
El músculo técnico no basta si el cuerpo entero no camina coordinado. Los conflictos laborales deben canalizarse con inteligencia, porque si la imagen que se proyecta es la de una empresa dividida, crispada y desorganizada, se esfuma cualquier posibilidad de atraer contratos, inversores o apoyos públicos. La protesta que no distingue el objetivo de la estructura puede terminar dinamitando el suelo que se intenta salvar.
Un espejo que devuelve el reflejo de Asturias
El caso Duro es también un espejo. Uno que refleja las contradicciones de Asturias: su retórica industrial y su política de parches; su orgullo técnico y su resignación ante la mediocridad gestora. La entrada de Lexaudit debería ser la ocasión para actuar con rigor. Pero también para pensar en voz alta: ¿puede una región que se desangra demográficamente permitirse perder otro centro de trabajo cualificado? ¿Tiene sentido que se salve una empresa y se abandone su capacidad productiva?
No se trata solo de salvar una compañía. Se trata de qué Asturias queremos conservar, y cuál estamos dejando morir sin siquiera protestar. Porque cuando se pierden fábricas, no solo se pierde empleo: se pierde memoria, carácter y futuro. Y cuando se ahoga el diálogo en ruido, también se pierden las últimas oportunidades de reconstrucción.