Denuncian la falta de control, vigilancia y señalización en un punto fluvial donde cada temporada se repiten incidentes, botellones y deterioro ambiental. El pasado verano, un joven perdía la vida en la zona tras ahogarse mientras disfrutaba de una tarde de amigos

En Las Caldas, a orillas del río Nalón, los vecinos sienten que el tiempo no avanza: vuelve el calor, vuelve la gente, vuelve el baño improvisado… y vuelve también la misma sensación de advertencia ignorada. Así lo hacen público en una denuncia remitida al Ayuntamiento de Oviedo y a la Confederación Hidrográfica del Cantábrico que no es nueva en su contenido, pero que insiste en la situación que se vive en la zona cada verano. El escenario que describen es siempre el mismo: el río convertido en punto de encuentro masivo, con bañistas llegados de distintos municipios, muchos de ellos sin conocimiento real del terreno. “Aquí hay pozos, corrientes, zonas que cambian de repente”, cuentan los vecinos, que, como ejemplo, señalan que quienes viven allí no se bañan donde otros sí lo hacen.
Un matiz clave para ellos, porque lo que para unos es un espacio de ocio fluvial, para otros es un lugar donde “cada verano se repite el mismo riesgo”. Sin vigilancia, sin socorristas, sin señalización que consideren suficiente, el río se transforma -según su relato- en una especie de frontera invisible entre lo recreativo y lo imprevisible. Además, la denuncia también habla del entorno, de botellones improvisados, de reuniones multitudinarias, parrilladas y ruido que se alarga más allá de lo razonable. Todo ello, explican, acompañado en numerosas ocasiones de alcohol, mezcla compleja para un río que consideran peligroso.
El otro frente es todo lo que queda atrás cuando las personas abandonan el lugar: cristales, plásticos, restos de comida. Una ribera que, denuncian, va acumulando los residuos de una temporada que no termina de respetar el entorno y que también tendría impacto sobre la fauna. Ante todo ello, los vecinos hablan de promesas incumplidas tras cada incidente (el último, el pasado verano, con el fallecimiento por ahogamiento de un joven). Anuncios de señalización, de posibles restricciones, de medidas de control que, según recuerdan, nunca terminan de materializarse. “Ya no es falta de información”, sostienen, “es falta de voluntad”. Por ello, cierran el mensaje con una pregunta incómoda: «¿Cuántos veranos más tienen que pasar para que algo cambie en el Nalón?».