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Asturias entre la fiscalidad que ahoga y la defensa que distrae

Firma invitada por Firma invitada
13/08/25
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La reforma fiscal del Principado, vendida como mejora para el 90% de los contribuyentes, es una operación de cosmética. Favorece más aparente que realmente a rentas medias y bajas, y penaliza a las altas, esas que —querámoslo o no— aportan inversión, tiran del consumo y generan empleo cualificado


En Asturias llevamos años escuchando promesas de “igualdad fiscal” y de “reindustrialización”. Las primeras se han quedado en retoques menores y las segundas, en titulares de autobombo. La presidenta de FADE, María Calvo, ha puesto el dedo en dos llagas que no por repetidas pierden importancia: una reforma tributaria que no hace competitiva a Asturias y un optimismo excesivo sobre la industria de defensa como tabla de salvación. Y en ambas tiene razón.

La reforma fiscal del Principado, vendida como mejora para el 90% de los contribuyentes, es una operación de cosmética. Favorece más aparente que realmente a rentas medias y bajas, y penaliza a las altas, esas que —querámoslo o no— aportan inversión, tiran del consumo y generan empleo cualificado. En el tablero de la competencia fiscal, Asturias sigue jugando con fichas viejas, mientras otros territorios diseñan políticas para atraer talento y capital. La consecuencia está a la vista: fuga de inversión, fuga de jóvenes y una estructura económica cada vez más dependiente de subsidios y gasto público.

Fiscalidad para competir, no para conformarse

Calvo lo dice sin rodeos: hay que mirar a otras regiones y al resto del mundo para aprender cómo se construye un sistema fiscal que sume y no que reste. No es una cuestión ideológica, sino de pura supervivencia económica. Con más del 80% de los asturianos ganando menos de 35.000 euros al año, el problema no es solo redistribuir, sino generar riqueza suficiente para que esas cifras suban.

Un sistema impositivo que espanta a las empresas es, en el fondo, un impuesto silencioso sobre el futuro. Y si la estrategia es esperar que el Estado compense con subvenciones lo que perdemos por no competir, entonces Asturias quedará condenada a ser un museo de industrias que fueron y no serán. El reto fiscal no es recaudar más de lo mismo, sino recaudar mejor atrayendo actividad y no expulsándola.

Defensa: complemento, no salvación

La otra advertencia de Calvo es igual de necesaria: pensar que la industria de defensa por sí sola reindustrializará Asturias es, como mínimo, arriesgado. El anuncio de inversiones y plantas es positivo, pero no puede convertirse en la coartada para abandonar la diversificación económica. La defensa es un sector estratégico, sí, pero también volátil: depende de ciclos geopolíticos, de presupuestos estatales y de decisiones que se toman muy lejos de aquí.

N el caso de la venta de El Tallerón a Indra ilustra un error de enfoque. Se ha vendido como un hito, cuando en realidad supone dar ventaja a una empresa con el favor del Gobierno central frente a una compañía —Santa Bárbara Sistemas, de General Dynamics— que lleva décadas fabricando tanques en Trubia con rigor y profesionalidad. En lugar de reforzar lo que ya funciona y tiene proyección, se ha apostado por un actor que entra con el viento político a favor, pero sin la trayectoria industrial que da estabilidad a un territorio.

Una estrategia industrial sensata usaría la defensa como palanca de valor añadido para sectores ya consolidados —metal, naval, tecnología—, no como sustituto de todo lo demás. De lo contrario, corremos el riesgo de hipotecar la economía regional a un único vector, con el peligro de que, cuando el ciclo se agote, no tengamos otra cosa en pie.

Un futuro que exige coraje

Lo que plantea Calvo no es cómodo, pero sí urgente. Asturias necesita un pacto económico que ponga la fiscalidad al servicio de la atracción de inversiones, que rompa el círculo de rentas bajas y que garantice que cada euro de impuestos se traduzca en crecimiento, no en burocracia.

Y en paralelo, una política industrial que valore a quienes llevan décadas demostrando solvencia —como SBS-GDELS en Trubia— y que utilice las nuevas oportunidades, como la defensa, para diversificar y no para concentrar riesgos.

Porque si no corregimos el rumbo, dentro de unos años no estaremos hablando de cómo liderar la reindustrialización, sino de cómo sobrevivir al último espejismo que confundimos con un plan. Y en el caso concreto de El Tallerón, el espejismo tiene nombre y apellido: un regalo político a Indra que debilita a la empresa que sí ha sostenido empleo, producción y prestigio internacional desde Asturias. Un movimiento que, bajo la apariencia de apuesta estratégica, huele más a maniobra de poder que a política industrial con visión de futuro.

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