
«La región se desliza hacia una condición política incómoda, un limbo en el que ya no lidera nada, pero tampoco se transforma para competir con quienes sí lo hacen»

Decía Tocqueville que «las naciones no mueren de golpes violentos, sino de agotamientos prolongados». Asturias parece empeñada en confirmar esa sentencia: no se desploma, pero se consume. España avanza en un nuevo ciclo económico acelerado, y nuestra región observa ese movimiento desde la barrera, sin proyecto, sin ambición y, lo que es peor, sin una dirección política dispuesta a asumir el coste de cambiar el rumbo.
El punto de partida no es una anécdota estadística: según Funcas, el crecimiento acumulado del PIB español desde 2019 alcanza el 7,1%. Seis comunidades superan ese ritmo, con Madrid en un contundente 10,7%. Asturias, mientras tanto, apenas roza un 3,7%. No es un accidente. Es un síntoma. Y, como advirtió Ortega, «lo decisivo no es estar enfermo, sino ignorarlo».
Antes de entrar en las causas, conviene observar las consecuencias: Asturias se desliza hacia una condición política incómoda, un limbo en el que ya no lidera nada, pero tampoco se transforma para competir con quienes sí lo hacen. País Vasco, Navarra o Aragón se acercan al pleno empleo; Canarias y Valencia convergen con vigor; el sur avanza tras décadas de atraso. ¿Y Asturias? Oscila, se retrasa y se resigna.
La explicación inmediata se repite muchas veces, pero raramente se entiende: España crece empujada por un ‘shock demográfico’; es decir, por la llegada masiva de trabajadores que alimentan mercados laborales dinámicos. Esa migración no llega a Asturias, y no llega porque nadie ha trabajado para atraerla. Las regiones no son islas: compiten por talento, por inversión, por vitalidad demográfica. ¿Con qué herramientas compite Asturias? Con ninguna. De ahí el estancamiento.
Pero sería un error atribuirlo todo a la demografía. El fracaso es político. Otras comunidades han aprovechado la pospandemia para modernizar su estructura productiva, diversificar la economía y desplegar una estrategia reconocible de atracción empresarial. Asturias, mientras tanto, sigue aferrada a inercias industriales del pasado y a una política económica que no decide, no lidera y no se arriesga.
La estructura productiva asturiana no está adaptándose al nuevo ciclo de servicios avanzados, logística, innovación y digitalización. El Gobierno autonómico no ha formulado un plan industrial coherente, ni ha creado un marco fiscal atractivo, ni ha definido un horizonte de talento para los próximos diez años. Lo que existe es puro mantenimiento: un archivo de promesas, anuncios y simulaciones que jamás desembocan en una estrategia real.
Incluso el argumento de la productividad, tantas veces usado para consolarse, se desvanece al primer examen. Es cierto que las regiones con menos llegada de población pueden mejorar sus ratios repartiendo la actividad entre menos trabajadores. Pero esa posibilidad solo fructifica donde existe un proyecto. Sin inversión, sin innovación y sin dirección política, la productividad es un espejismo estadístico que no transforma la vida material de la gente.
La brecha territorial crece. El norte dinámico se aleja, el sur converge y Asturias queda en una posición que no es de liderazgo ni de transformación: es de mera administración del declive. La economía asturiana no está condenada; está desatendida. Y la diferencia entre ambas cosas la marca la política.
Lo doloroso es que el diagnóstico está hecho desde hace años. Lo que falta es la valentía de aplicar un tratamiento. Asturias necesita una estrategia industrial seria; una política activa de atracción de talento; una fiscalidad que deje de penalizar la inversión; un liderazgo que asuma que continuar así no es neutral: es retroceder.
La economía española ha entrado en un ciclo de aceleración demográfica y productiva. Asturias, si no despierta, quedará fuera. No por fatalidad, sino por decisiones. Y, como advierte Cicerón, «no hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige». Asturias no puede permitirse seguir sin puerto, sin rumbo y sin capitán.