El amor de ella por la cocina y la experiencia de él en hostelería han conseguido que el local abierto a finales del XIX siga siendo una referencia de la gastronomía ovetense

El próximo mes de septiembre se cumplirán diez años desde que Julio y Ana reabrieran en El Fontán el mítico restaurante Casa Bango, inaugurado según las crónicas en 1872. El local, en la esquina del Arco de los Zapatos con Quintana y hoy llamado Bango 7 Plazas, no sería lo que es sin el esfuerzo y, sobre todo, el cariño que le dedican sus propietarios, un matrimonio entrañable y querido por sus clientes cuya entrega al negocio se transmite en los platos sencillos y tradicionales que salen de su cocina. La tortilla de merluza, las cebollas rellenas, el hígado encebollado o las alcachofas son santo y seña de una casa de comidas que, como dice, su dueña y cocinera, tiene “alma”.
Uno se pregunta qué quiere decir Ana Guzmán cuando cuenta que en septiembre de 2015 animó a su marido, Julio Fernández Riera, a reabrir Casa Bango porque es un local con “alma”. Se podría pensar que se refiere a los muchos años de historia de esta casa de comidas o a los cientos o miles de clientes que han pasado por ella, incluyendo deportistas, artistas y otra gente de renombre. O tal vez ese alma sea el cariño y la dedicación con la que este matrimonio retomó un negocio que llevaba dos años cerrado y que forma parte de la historia de Oviedo.
Un local con historia por el que hasta Camilo José Cela se dejó caer

Ha pasado casi siglo y medio desde que Casa Bango abrió sus puertas y solo diez desde que Ana y Julio lo reabrieran, pero el tiempo es tan tramposo que podría pensarse que este matrimonio llevara aquí toda la vida. “Lo cogimos porque tenía alma y vimos que también tenía posibilidades, además de una historia de años, porque aquí venía a comer la tortilla de merluza muchísima gente. También se echaba la partida por las tardes; por Casa Bango pasaron actores, toreros, escritores como Camilo José Cela o deportistas muy conocidos. Era un punto de reunión en el centro de la ciudad, en una ubicación estupenda, junto a la biblioteca”, comenta su dueña.
Julio lleva en la hostelería desde los 16 años. Pasó por San Remo, La Mallorquina, ST20 y Parsifal, y en enero de 1993 abrió su propio negocio, Los Candiles, en la Plaza del Ayuntamiento. Lo dejó en 2007 y abrió el 7 Plazas en la calle Cimadevilla hasta que en 2015 se fijó en Casa Bango, que llevaba dos años cerrado. Su mujer, que había trabajado 25 años como secretaria de los cursos de Gemología y Joyería de la Escuela de Minas, le animó y se hizo cocinera. “La cocina la mamé en casa –comenta-, somos una familia muy grande y muy comiones porque disfrutamos con la comida”.
Nunca había trabajado en esto, pero Julio asegura que “lo heredó de su madre; yo creo que es algo con lo que se nace y Ana tiene esa habilidad”. También ayudó que aprendiera de manera autodidacta. “Me gusta y estudié mucho por mi cuenta, leyendo y viendo vídeos. Yo soy guisandera. Llegó un momento en el que Julio me dijo que lo hacía mejor que muchos profesionales”, afirma con orgullo.
Esa “mano” de Ana en la cocina se nota en su tortilla de merluza –receta secreta-, sus cebollas rellenas o en las alcachofas confitadas cuando están en temporada. Y también dan fe de ello los muchos premios que han ganado en diversos campeonatos de pinchos, concurriendo incluso algún año a la fase nacional.
«De lo que más orgullosos nos sentimos es de nuestra clientela porque nos quieren, es como una familia, y claro, por qué no decirlo, de haber tenido la fuerza de tirar por esto»

Y esa cocina tradicional –a veces innovadora, como cuando se presentan a campeonatos de pinchos- es lo que hace que el restaurante tenga una clientela muy fiel. Lo mejor que les ha ocurrido, cuenta Ana, es que mucha gente les llamara para saber cómo estaban durante la pandemia. “Estamos muy agradecidos a la gente porque se acordó de nosotros y cuando pudimos abrir, se volcó. De lo que más orgullosos nos sentimos es de nuestra clientela porque nos quieren, es como una familia, y claro, por qué no decirlo, de haber tenido la fuerza de tirar por esto”.
En 1971 se vino abajo el edificio que alberga esta casa de comidas y si no hubo víctimas mortales fue de milagro. De ello daba fe el afamado joyero ovetense Adolfo Casaprima, que se encontraba en el local cuando el techo se vino abajo.
Pero en la restauración no hay más milagro ni secreto que los que aplican Julio y Ana: amor, pasión y dedicación al trabajo. Llevan 42 años juntos, de ellos casi 35 casados, y diez regentando este local y sabiendo mantener en sus fogones la esencia o el alma que hace que permanezca abierto desde finales del XIX. “Lo nuestro es cocina de mercado. Yo elaboro todas las semanas y todos los días hago la compra”, explica Ana. Y su marido apuntilla “la logística es lo más complicado, pero eso lo aprendes con la experiencia”.
Mientras esperan soplar las velas del décimo aniversario de su local, comentan que ahora se nota cada vez más la llegada de turistas a Oviedo. Los fines de semana, por los aviones con Andalucía, por ejemplo, y también hay cada vez más extranjeros. “En la hostelería asturiana nos falla el dominio de los idiomas” reconoce Julio. Pero quién va a quejarse por eso después de despacharse sus cebollas rellenas o su hígado encebollado…Mientras entra y sale de cocina Ana sonríe y dice “¿Sabes lo que más sale en verano? La fabada”. Pero, claro, esto es Asturias y la que ella cocina, por cierto, está muy buena.
Las dos hijas de este matrimonio, Cristina y Marina, que de jovencitas echaron horas ayudando a sus padres, no han seguido sus pasos –una va para jueza y la otra es experta en marketing en una entidad financiera-, así que salvo que alguna tome la decisión que tomó su madre hace diez años, sólo nos queda desear que Ana y Julio sigan muchos años más en El Fontán dando ejemplo con su trato amable y su cocina de siempre.